La “no-imagen” de las mujeres adictas

[Participación en la Mesa de Debate de la Jornada Mujer y Drogas organizada por la Fundación Atenea. Madrid, 21 de abril de 2016]

Pregunta: ¿Qué imagen existe de las mujeres consumidoras y adictas?

Respuesta: Sobre la imagen de las mujeres consumidoras de drogas yo creo que hay que señalar dos aspectos simultáneos que se retroalimentan mutuamente.

 En primer lugar, uno que tiene que ver con la propia sustancia y con la imagen general que tenemos de ella en la sociedad. Como sabéis, por diversos factores, no todas las sustancias están cargadas con la misma simbología ni el mismo significante a nivel social. Este hecho repercute directamente, como es lógico, en la imagen que tenemos de las mujeres (y de los hombres) consumidores. No lo podemos perder de vista.

 Pero en paralelo a este primer aspecto tenemos uno que nos habla precisamente de la “no imagen” de las mujeres consumidoras, de la falta de un imaginario de consumo con características femeninas propias. Esta “no imagen” se deriva de un proceso inconsciente e ideológico muy profundo que tiene que ver con la mirada androcéntrica y que supone la invisibilización de las mujeres consumidoras y adictas por medio de la asimilación de los modelos de consumo masculinos.

 

En relación con el primer aspecto [el valor o el sentido que cada sustancia tiene socialmente] pienso que lo más importante es señalar cómo las ideas preconcebidas sobre cada sustancia las asumimos instantáneamente en nuestra interpretación de las personas que las consumen. Este es un proceso realmente lógico, que tiene sentido en sí mismo pero que tiende a reforzar los estereotipos que tenemos sobre las personas consumidoras impidiéndonos profundizar en la complejidad del consumo.

 

En otras palabas, los valores que asociamos a cada sustancia alimentan cada estereotipo de persona consumidora de tal modo que sustancia y persona-que-consume forman una especie de tándem indisoluble. Y así es como tendemos a creer, por emplear algunos tópicos, que las personas que consumen heroína son delincuentes natas, que las personas alcohólicas carecen de empleo, que las que fuman cánnabis son nihilistas, que las que toman éxtasis ni estudian ni trabajan, que las que esnifan cocaína están forradas de dinero y que las que toman hipnosedantes de forma cotidiana es porque simplemente duermen mal.

 

Este tipo de ideas forman parte del imaginario de cada sustancia. Así, una persona que consuma una determinada droga, asumirá las características o sentidos que le atribuimos a la sustancia en sí misma, independientemente de si son mujeres u hombres.

 Pero ahora llegamos a un punto importante. En tanto que los imaginarios nos hablan de las creencias e imágenes colectivas, ¿bajo qué prisma se generan estas creencias e imágenes? ¿Con qué mirada? ¿Desde la experiencia de quién?

 Quienes creemos que el androcentrismo forma parte del campo normativo de nuestra sociedad, quienes consideramos que la experiencia masculina atraviesa la supuesta neutralidad epistemológica de nuestros conocimientos, opinamos que el imaginario de cada sustancia se nutre precisamente de las realidades masculinas.

Y aquí entramos de lleno en el segundo aspecto que yo quería destacar, en la idea de una “no imagen” propia de las mujeres consumidoras. La imagen que tenemos de las mujeres consumidoras está atravesada por el velo de la experiencia masculina.

 

Esto no quiere decir que no haya características similares entre las consumidoras y los consumidores. Lo que yo quiero subrayar es la cadencia que socialmente tenemos a asumir que las realidades de los hombres consumidores de drogas son válidas también para las mujeres. Cadencia que nos impide seguir investigando y profundizando sobre la verdadera complejidad del fenómeno del consumo de drogas que, como todos los fenómenos sociales, está atravesado por la variable del sexo/género.

 Es decir, en tanto que la imagen global que tenemos de personas consumidoras de drogas es principalmente masculina, cuando queremos expresar la imagen que tenemos de las mujeres consumidoras y adictas lo que tendemos a hacer es traspasar el estereotipo masculino a las mujeres, de tal manera que lo que hacemos es reproducir una imagen masculinizada de las consumidoras.

No obstante, y sin querer caer en contradicciones, es preciso tener en cuenta también que el estereotipo de lo que es la feminidad empapa profundamente también la imagen social de las mujeres consumidoras o adictas, especialmente de éstas últimas.

La feminidad es, en términos generales, como una especie de estado puro e inmaculado al que nos cuesta asociar a comportamientos divergentes, trasgresores,  dañinos u obscenos. Y cuando asociamos este tipo de comportamientos a la feminidad estamos, de algún modo, quebrando la imagen hipotética de lo que “debe ser” la feminidad.

 Así que, de alguna manera, las mujeres que consumen drogas (del mismo modo que las que no responden a la norma corporal, sexual o actitudinal) están ejerciendo una ruptura con lo que se espera de ellas mismas en tanto que mujeres. Esto no es una ruptura valerosa, como pueden ser otro tipo de rupturas normativas, sino condenable: las consumidoras no están haciendo lo que deben ni para ellas mismas ni para la sociedad.

 

Esto produce, finalmente, que la imagen que tenemos de las mujeres consumidoras tenga, a veces de forma muy sutil, una carga peyorativa extra respecto a los hombres. Muchas consumidoras así lo manifiestan al definir la imagen que creen que la sociedad tiene de sí mismas y al expresar su auto concepto. Esta misma idea es también manifestada por muchas y muchos profesionales y estudiosas del sector como bien se ha podido comprobar en diversas ocasiones (Patricia Martínez Redondo, Nuria Romo…)

 

Para terminar con esta pregunta me gustaría remarcar una última idea, y es que debemos seguir insistiendo, como ya están haciendo muchas profesionales, algunas de las cuales participan también en esta Jornada, en hacer un esfuerzo extraordinario para que exista una imagen propia de las mujeres consumidoras y adictas.

Sólo desde aquí es posible trabajar provechosamente y con enfoque de género en los procesos de intervención, acompañamiento, cambio y sensibilización social en relación con las sustancias y su consumo… y mejorar así de verdad las intervenciones, optimizar los recursos y revertir positivamente en quienes son las verdaderas protagonistas.

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